Jugar en proyector es una pasada, pero también es el típico terreno donde la gente se mete con ilusión… y luego vienen los “¿por qué noto raro el mando?”, “¿por qué se ve apagado?” o “¿por qué en cuanto enciendo la consola se me descoloca todo?”. Y no, no es que el proyector sea “malo”. Es que para gaming hay cuatro o cinco detalles que mandan más que el tamaño.
Porque sí, todos pensamos en lo mismo: pantalla gigante, sofá, palomitas y a vivir el sueño. Pero en videojuegos el listón es otro. Es que no vale solo con que se vea grande: tiene que responder rápido, verse bien en movimiento y aguantar el HDR sin volverse loco. Y si puedes, que no te obligue a convertir el salón en una cueva cada vez que te apetece una partida.
Así que vamos al lío: te dejo las 8 cosas para que no compres a ciegas y luego te toque comerte el marrón.
Input lag: lo que de verdad separa “cine” de “gaming”

Este es el punto número uno, el que manda. El input lag es el retraso entre lo que haces con el mando/ratón y lo que pasa en pantalla. Y cuando está alto, aunque no sepas explicar qué ocurre, lo notas: saltas tarde, apuntas raro, te comes balas que jurarías que esquivaste, y acabas culpando al juego, al servidor y a la vida.
Para jugar a gusto, busca cifras por debajo de 20 ms. Si te mueves por 10-16 ms, perfecto. Si sube a 30-40 ms, para single player puede “pasar”, pero ya depende de lo tiquismiquis que seas. Y si se va a 50 ms o más… eso es más “modo cine” que “modo ranked”.
Muchos proyectores presumen de baja latencia pero solo en 1080p y con el modo juego activado. Luego le metes 4K, HDR, interpolaciones raras o mejoras de imagen, y la cosa cambia. Así que aquí el consejo es muy simple: modo juego siempre, y asegúrate de que esa cifra buena aplica a la resolución y refresco que tú vas a usar.
Frecuencia y resolución: 60 Hz está bien… pero 120 Hz es otra liga
Hay gente que cree que con 60 Hz hay de sobras. Y oye, depende de lo que juegues. Pero si te compras un proyector que vas a usar para gaming, si puedes ir a 120 Hz, ve a 120 Hz. Es suavidad, es claridad en movimiento, es menos “borrosidad” al girar cámara, es otra sensación.
Ahora viene la trampa clásica. Muchos proyectores hacen 4K a 60 Hz, pero para 120 Hz te bajan a 1080p (o a veces 1440p). Y esto no es necesariamente malo. De hecho, en una pantalla enorme, un 1080p bien hecho y con buen procesamiento puede verse mejor de lo que esperas, sobre todo si te sientas a una distancia razonable. Lo importante es que lo sepas antes: ¿priorizas nitidez “de catálogo” o fluidez “de vicio”?
Si eres de competitivos, shooters, deportes, carreras… 120 Hz suele merecer la pena más que el 4K puro. Si eres de aventuras, RPG, historia y paisajes… 4K/60 te puede encajar perfecto. Pero que sea una decisión tuya, no una sorpresa después de pagar.
HDMI 2.1, eARC y compañía: el lío de los puertos no es una chorrada

Esto parece aburrido, pero los puertos son el peaje del gaming moderno. Para 4K/120 en consolas actuales, lo ideal es HDMI 2.1 (por ancho de banda). Si el proyector no lo tiene, no significa automáticamente que no sirva, pero sí que te limita.
Y luego está el otro drama: el audio. Si vas a usar barra o AVR, te interesa mucho eARC para pasar buen sonido sin inventos. Porque el típico plan de “conecto la consola al proyector y saco el audio como pueda” acaba en: retrasos, formatos capados o quebraderos de cabeza.
Mi consejo aquí es de sentido común, piensa tu instalación entera, no solo el proyector. ¿Consola directa al proyector? ¿Consola al AVR y del AVR al proyector? ¿Barra con eARC? Si lo dejas atado desde el principio, luego te ahorras noches de “¿por qué hoy no suena?”.
VRR, ALLM y esas siglas: útiles, pero no te obsesiones
Hablemos de siglas. ALLM es que el proyector detecte que estás jugando y se ponga en modo baja latencia automáticamente. Cómodo, sí. Pero tampoco es ninguna locura: tú puedes activar el modo juego y ya.
VRR (tasa de refresco variable) es más interesante, porque ayuda a suavizar cuando los frames bailan (los tirones típicos cuando el juego no va fino). En teles es bastante común; en proyectores, ya no tanto. Si lo trae y funciona bien, genial. Si no lo trae, no es el fin del mundo, y más si juegas a 60 fps estables.
Lo que sí te digo es: no pagues un dineral solo por la pegatina de VRR si luego el proyector falla donde importa (input lag, brillo real, contraste, movimiento). Primero lo básico, luego las chuches.
Movimiento y “claridad”: el enemigo silencioso de los proyectores
Aquí mucha gente no cae. En cine, un movimiento “suavecito” o incluso con algo de interpolación puede pasar. En gaming, no. En gaming quieres respuesta rápida y movimiento limpio, pero sin meter procesados que te añadan latencia o artefactos raros.
Lo ideal es que el proyector tenga buena velocidad de respuesta del panel/chip y un modo juego que no destruya la imagen. Porque hay modelos que en modo juego bajan latencia, sí, pero se cargan el contraste, el color y el detalle, y te quedas con una imagen lavada que te quita las ganas.
Piensa esto: si al girar cámara en un juego te parece que todo “emborrona”, algo falla. Y cuando lo ves en 100 pulgadas, se nota el doble.
Brillo y HDR: lo grande impresiona, pero lo apagado deprime

Un proyector con poco brillo en HDR puede ser tristón. No porque “no sea HDR”, sino porque el HDR en proyector depende muchísimo de cómo lo implemente y de cuánta luz sea capaz de poner en pantalla.
Si juegas con algo de luz ambiente, necesitas margen. Y aquí entran dos cosas que van de la mano: brillo útil y una pantalla decente (o al menos una pared que no sea amarilla y con gotelé del 92, por favor).
También te diría que valores muy bien si te compensa un proyector pensado para salón (con más lumen “real”) o uno más “cine puro” que te pide oscuridad. Porque para gaming casual, quedar con amigos, echar un FIFA, jugar a mediodía… la realidad es que no siempre vas a jugar a oscuras como si fueras Batman.
Distancia, tamaño y colocación: el “setup” te puede arruinar el invento
Esto es muy de vida real. Tú compras el proyector, lo pones donde puedes… y de repente: o te da una imagen enorme pero te come media pared, o te da una imagen pequeña porque no hay distancia, o te queda torcido porque está encima de una estantería que vibra.
Para gaming hay un extra: la latencia no depende de la distancia, pero tu comodidad sí. Si te pones una pantalla gigante y te sientas demasiado cerca, te vas a cansar antes, y en juegos rápidos te puede saturar. Más grande no siempre es mejor si te obliga a mover el cuello como si estuvieras en primera fila del cine.
Ajusta tamaño a tu distancia de juego, y si puedes, usa instalación estable (techo o mueble firme). Un proyector bailando un milímetro se nota como si bailara un metro cuando estás jugando.
Ruido y calor: sí, también importa si vas a echarte horas
Esto nadie lo pone en grande, pero te lo encuentras. Hay proyectores que suenan, y cuando llevas dos horas jugando, ese ventilador se te mete en la cabeza. Y si lo tienes cerca, peor. Si además calienta como un radiador, en verano ya ni te cuento.
No te digo que esto sea lo primero, pero si vas a jugar mucho, el confort importa. Gaming es estar rato largo. Y un proyector que molesta acaba apagado, por muy bonito que sea el “espectáculo” los primeros días.
Entonces… ¿qué miro primero para acertar?
Si tuviera que quedarme con una “premisa fácil”, sería esta: primero input lag y refresco, luego puertos y audio, y después ya brillo/HDR y el resto de comodidades. Porque el gaming en proyector es brutal cuando está bien montado… pero cuando no, es el típico capricho que termina siendo “para pelis” y ya.
Y ojo, que no pasa nada si al final lo usas más para cine. Pero si tu idea es jugar en serio, mi opinión es clara: no compres por pulgadas, compra por respuesta. Lo otro, lo grande, viene solo.




