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Los televisores gigantes y baratos están cambiando el mercado: la cara B que casi nadie cuenta

Los televisores gigantes y baratos están cambiando el mercado: la cara B que casi nadie cuenta

Por Ruben Teruel
Publicado 28/02/2026, 11:00
en Opinión
Tiempo de lectura: 7 minutos
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Hace no tanto, entrar a una tienda y ver una tele de 75 u 85 pulgadas era casi como mirar un coche de escaparate. La veías, te acercabas, mirabas el precio y pensabas “sí, muy bonita… pero no es para mí”. Ahora la película es otra. Te plantas delante de una tele enorme, miras la etiqueta y, de repente, ya no parece una locura imposible. Y ahí es donde empieza el lío de verdad.

Porque una cosa está clarísima y la estamos viendo todos. El tamaño manda. Muchísimo más de lo que a veces queremos reconocer los que estamos todo el día hablando de contraste, blooming, tone mapping, EOTF, HDMI 2.1 o cobertura de color. Al usuario normal —y esto no es un ataque, es una realidad— le pones dos teles delante y muchas veces gana la que tiene más pulgadas y mejor precio, aunque por detrás haya recortes por todos lados.

Y ojo, que esto tiene una parte buenísima, porque democratiza pantallas grandes y permite que mucha gente tenga una experiencia de salón que hace unos años era impensable. Pero también tiene una cara B que a mí me parece bastante seria. Si el mercado premia solo tamaño y precio, las marcas pueden empezar a recortar justo donde más cuesta innovar. Y eso, dicho de otra manera, puede dejar a la industria en un punto raro en el que o compras básico tirando a barato… o te vas a algo premium que se dispara.

El problema no es que existan televisores baratos, el problema es lo que estamos premiando

Los televisores gigantes y baratos están cambiando el mercado: la cara B que casi nadie cuenta

Vamos a decirlo claro para que no suene a discurso de “purista”. No hay nada malo en comprar una tele barata. De hecho, para mucha gente es exactamente lo que toca. Presupuesto ajustado, uso normal, ver la TDT, plataformas, fútbol, YouTube y poco más. Perfecto. Si con eso te apañas y te encaja, adelante. Bastante tenemos todos con cómo está todo como para encima ir repartiendo carnets de “buen comprador”.

El tema es otro. La industria no toma decisiones por romanticismo, las toma por ventas. Si lo que más se vende es una tele enorme por un precio muy agresivo, el mensaje que reciben las marcas es cristalino. No hace falta complicarse la vida con paneles mejores, más desarrollo de procesado, más control de zonas, mejor calibración de fábrica o más trabajo en firmware si luego eso no se traduce en ventas suficientes. Y ahí es donde a mí me salta la alarma.

Porque desarrollar una tele buena de verdad —no una “cumplidora”, hablo de una buena de verdad— cuesta dinero. Mucho dinero. Hay I+D, panel, electrónica, software, pruebas, ajustes, soporte y actualizaciones. Luego súmale distribución, marketing, devoluciones, promociones, márgenes de tienda… y de repente entiendes por qué no se puede pedir siempre más por cada vez menos sin que algo acabe rompiéndose por el camino.

Los televisores se han convertido en un electrodoméstico más

Aquí hay un cambio de mentalidad que me parece clave. Para mucha gente, la tele ya no es “la reina del salón” como antes. Es un aparato más. Como el microondas, como la freidora de aire, como una cafetera. Tiene que encenderse, conectarse a internet y reproducir Netflix, fútbol y vídeos. Si hace eso, misión cumplida. Lo demás, para una parte enorme del mercado, son detalles.

Y sinceramente, se entiende. Si alguien llega de una tele vieja, incluso una tele básica actual le puede parecer un salto brutal. Más grande, más brillante, con apps, con 4K en la caja y una interfaz moderna. Ya está. Esa persona no se va a poner a mirar si el HDR tiene impacto real, si el negro se levanta, si el movimiento en cine va regular o si la gradación en sombras se deshace. Ni tiene por qué hacerlo.

El problema aparece cuando esa forma de comprar se convierte en la referencia dominante y arrastra a todo el mercado. Porque entonces empezamos a ver algo que ya se intuye. Cada vez cuesta más justificar una gama media “buena”, esa que antes era el punto dulce para muchísima gente. Esa tele que no era tope de gama, pero tampoco un modelo recortado hasta los tornillos. Si el comprador generalista mira solo pulgadas y precio, y el entusiasta se queda esperando rebajas, la gama media se queda en tierra de nadie.

Las specs en la caja ayudan… pero también confunden mucho

Los televisores gigantes y baratos están cambiando el mercado: la cara B que casi nadie cuenta

Aquí hay otro melón que conviene abrir, porque influye una barbaridad en cómo se venden estas teles. Las cajas y las etiquetas están llenas de siglas. HDR, Dolby Vision, VRR, HDMI 2.1, 120 Hz, modo juego, IA y mil nombres de marketing que suenan a nave espacial. El problema es que muchas veces eso no explica la experiencia real.

Y no, no estoy diciendo que sea mentira en todos los casos. Lo que digo es que una especificación sin contexto vale muy poco. Puedes ver “HDR” en una tele y pensar que vas a tener un impacto brutal en películas y series, cuando luego el brillo se queda cortísimo y ese HDR, en la práctica, se nota bastante menos de lo que promete la pegatina. Lo mismo con HDMI 2.1, que se ha convertido en un cajón donde cabe de todo y donde no siempre significa lo que la gente cree que significa.

Para el comprador normal, esto es un caos. Y es lógico que al final se agarre a dos datos que sí entiende al vuelo. Tamaño y precio. “¿Cuántas pulgadas?” y “¿Cuánto cuesta?”. Fin. Si encima la caja entra por los ojos y pone cuatro logos conocidos, está hecho. Por eso luego pasa lo que pasa. Una tele gigante y barata sale por la puerta aunque la calidad de imagen esté muy lejos de lo que miraríamos aquí.

¿Qué puede pasar si esto sigue así? Menos “clase media” y más extremos

Los televisores gigantes y baratos están cambiando el mercado: la cara B que casi nadie cuenta

Yo no tengo bola de cristal, pero sí veo una tendencia bastante clara. El mercado puede irse a dos polos. Por un lado, modelos muy baratos, muy grandes y con lo justo para cumplir. Por otro, teles premium cada vez más enfocadas a quien quiere algo top y está dispuesto a pagarlo. Y en medio, menos opciones realmente interesantes.

Eso no significa que vaya a desaparecer la innovación mañana, ni mucho menos. Las marcas van a seguir compitiendo, y además necesitan escaparate tecnológico. Siempre habrá modelos que enseñen músculo, con más brillo, mejor control de iluminación, mejores paneles, mejor gaming y todo lo que nos gusta comentar. Pero una cosa es que existan y otra que el mercado los sostenga con volumen. Si venden poco, el ritmo de evolución puede frenarse. Así de simple.

También puede pasar otra cosa que ya estamos viendo en varios sectores. Catálogos más simples. Menos series, menos escalones intermedios, menos “este modelo tiene un poco más de esto y un poco menos de aquello”. Dicho de otra manera, menos posibilidad de afinar compra. Llegas, eliges entre básico, medio justito y premium caro, y listo. Para la marca es más fácil. Para el usuario que quiere rascar calidad sin dejarse un dineral, bastante peor.

El comprador no tiene la culpa, pero sí conviene entender dónde estamos

Esto para mí es lo más importante y donde no me gustaría que se malinterpretara el tema. No se trata de señalar a quien compra una tele barata. Bastante hace cada uno con cuadrar números, gastos y prioridades. Si tienes 500 o 600 euros y quieres una tele grande para casa, haces exactamente lo que haría casi cualquiera. Nadie está “comprando mal” por no entrar en debates de nits, zonas o cobertura BT.2020.

Ahora bien, también conviene tener una idea clara de lo que pasa alrededor. Cuando pedimos televisores cada vez más grandes, con mejores especificaciones, más funciones, más actualizaciones y más calidad… pero al mismo tiempo esperamos que bajen de precio año tras año, estamos empujando al mercado hacia un sitio complicado. Y las marcas, que son empresas, reaccionan. Siempre reaccionan.

Por eso creo que el debate bueno no es “televisor barato sí o no”. El debate es otro. Qué valor le damos hoy a la calidad de imagen y cuánto estamos dispuestos a pagar por ella. Porque si la respuesta general del mercado es “poco”, luego no nos puede extrañar que la industria juegue a lo seguro. Más pulgadas, más marketing, más precio agresivo… y menos riesgo en lo que no se ve en la pegatina.

Al final, la tele sigue siendo un aparato importantísimo en casa, aunque mucha gente la trate como un electrodoméstico más. Y lo entiendo. Pero si nos gusta de verdad este mundillo, si valoramos el cine, las series, el deporte o el gaming bien hecho, quizá toca asumir una verdad incómoda. No se puede pedir siempre una tele mejor que la del año pasado, más grande que la del vecino y más barata que una freidora de aire premium. Ojalá sí. Pero las cuentas, por desgracia, no suelen funcionar así.

Tags: DestacadoTelevisores
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