Lo de los vatios en un ampli es el típico número que te ponen delante para que digas: “este tiene que pegar fuerte”. Y es normal, porque es un dato fácil. Más vatios = más caña, ¿no? Pues… sí y no. En audio hay muchas cosas que funcionan a base de sentido común y otras que son una trampa con corbata. Y lo de los vatios, muchas veces, es lo segundo.
Porque tú ves “100 W por canal” y ya te imaginas moviendo cualquier caja como si nada. Luego lo enchufas, pones un tema con un grave serio, subes el volumen un poco… y te das cuenta de que no es lo mismo sonar fuerte que sonar con control. Que son dos mundos. Y ahí es donde el marketing se frota las manos.
Así que hoy vamos a poner orden en este lío, en plan guía práctica, sin postureo. Por qué los vatios te pueden despistar, qué es lo que de verdad importa y cómo evitar comprar “un número grande” en vez de comprar un ampli que te haga sonreír.
El vatio no miente… pero lo pueden “maquillar” que da gusto

Un vatio es un vatio, vale. El problema es cómo se mide y cómo te lo venden. Porque no es lo mismo decir “100 W” midiendo con un solo canal, a una frecuencia concreta, con una distorsión que ya empieza a cantar… que decir “100 W” con los dos canales a la vez, en todo el rango audible y con distorsión baja.
Es como si un coche te lo venden con “300 caballos” pero resulta que es con viento a favor, en bajada, y sin decirte el peso. ¿Vas a correr? Claro. ¿Vas a frenar igual? ¿Vas a tirar igual con cuatro pasajeros y maletero? Pues ahí ya nos ponemos serios.
Y encima está el detalle que mucha gente pasa por alto: un altavoz no es una carga fija. Eso de “8 ohmios” muchas veces es un 8 ohmios de etiqueta. La impedancia sube y baja según la frecuencia, y hay cajas que te bajan a 4 ohmios (o menos) en ciertos puntos. Y ahí es cuando el ampli tiene que demostrar si es un señor con traje… o un actor con cartón piedra.
Lo que manda de verdad: corriente, estabilidad y “agarre”
Aquí viene la parte importante de verdad. A mí esto me parece el corazón del asunto: más que los vatios, importa la entrega de corriente y la estabilidad del ampli cuando la caja se pone “difícil”.
Porque en la escucha real, lo que te rompe la experiencia no es “me falta volumen”. Lo que te rompe la experiencia es:
- Grave fofo, como si el woofer fuese por libre.
- Subes volumen y se emborrona todo.
- La música pierde dinámica, se aplana, como si el ampli estuviera diciendo “hasta aquí he llegado”.
Cuando un ampli está bien hecho, pasa lo contrario: el grave va seco y controlado, la escena aguanta, los instrumentos no se pisan y puedes apretar sin que parezca que se está desarmando por dentro. Eso es el “músculo real”. Y ese músculo normalmente viene de una fuente de alimentación decente, de una etapa que no se asusta con cargas de 4 ohmios, y de diseño serio. No de una cifra grande en negrita en la caja.
Por eso pasa esa cosa que confunde a mucha gente: un integrado “modesto” de 50 W bien diseñado puede sonar más contundente que uno de 120 W “de escaparate”. No es magia. Es que uno entrega lo que promete cuando toca, y el otro promete mucho… hasta que le pides trabajar.
La música no es una prueba de laboratorio (y ahí está la gracia)

Otro punto clave: la música es dinámica. No es una señal constante a máxima potencia. Hay picos, golpes, silencios, cambios de energía. Por eso importa el “headroom”, que viene a ser que el ampli tenga margen para pegar un puñetazo sin distorsionar.
Y aquí también entra la distorsión (THD). Hay vatios declarados con un porcentaje de distorsión más alto de lo que parece “bonito”. O sea, sí: llega a esa potencia, pero ya va sufriendo. Mientras que otro ampli puede declarar menos vatios, pero mantener la señal más limpia cuando aprietas. Resultado: en la práctica, el de “menos vatios” suena más sólido.
Esto es lo que a mí me fastidia un poco del marketing: que te empuja a comprar por miedo. “Pilla más vatios por si acaso”. Y luego en un salón normal, con un uso normal, te sobran vatios por un tubo… pero te falta control, o te falta finura, o te falta esa sensación de que el ampli lleva las riendas.
Entonces… ¿en qué me fijo para no liarla?
Aquí va lo útil, lo que te llevas a casa:
Primero: si la marca te da datos a 8 ohmios y 4 ohmios, mejor. Y si al bajar a 4 ohmios la potencia sube de forma razonable, buena señal. No hace falta que duplique perfecto (eso ya es otro debate), pero si a 4 ohmios no dice nada o el dato es raro… yo ya huelo el “red flag”.
Segundo: mira tus cajas. Si son fáciles (sensibilidad decente y sin bajones locos), no necesitas un monstruo. En serio: 40-60 W buenos pueden ser más que suficientes. Si tus cajas son duras, baja sensibilidad o se ponen chungas con la impedancia, ahí sí: busca un ampli estable a 4 ohmios, con buena fuente y fama de control.
Tercero: no te vuelvas loco con numeritos “cool” sin contexto. Que si damping factor enorme, que si tal porcentaje de distorsión… Está bien, pero lo importante es que las especificaciones estén claras y no parezcan escritas para despistarte.
Y cuarto: si puedes escuchar, escucha. No hace falta ser audiófilo extremo. Solo con poner dos temas que conozcas bien, notas rápido si un ampli tiene agarre, si el grave va “amarrado” o si todo se hincha. Aquí la oreja manda. Always.
Los vatios orientan, pero no te cuentan la película

Los vatios no son inútiles. Te orientan. Te ayudan a no comprar algo ridículamente corto si tienes cajas exigentes. Pero si compras solo por vatios, es muy fácil acabar con el típico ampli que en la ficha parece Hulk y en tu salón resulta ser más postureo que otra cosa.
Quédate con esto: lo que importa no es cuántos vatios pone, sino cómo los entrega cuando la caja aprieta y la música se pone seria. Control del grave, estabilidad, margen dinámico y sensación de autoridad. Si un ampli te da eso, te da igual que ponga 60, 80 o 120. Porque lo enchufas… y lo notas.




