La llegada de los televisores súper inteligentes está cambiando una regla de oro básica. Y es que desde que el tiempo es tiempo ha hecho falta un buen AVR para disfrutar de un buen Home Cinema o, a malas, una buena barra de sonido. Sin emabrgo, los televisores han adoptado una posición más de previo en el mundo audiovisual: esto es, que se encargan del procesamiento, distribución y ecualización de los altavoces que le conectemos, pero no de su amplificación.
Esto puede darse en altavoces muy concretos que sean compatibles, por ejemplo, con el estándar WiSA: el televisor en ningún caso se encargará de amplificar los altavoces, ya que estos son activos -es decir, traen su propia amplificación integrada al contrario que ocurre con los altavoces pasivos-. Así, el televisor se convierte en el centro neurálgico audiovisual: controla tanto el vídeo como el sonido, siendo ya prescindibles los AVR tradicionales. Si nos vamos al mundo de las barras de sonido, todavía más claro: un solo cable HDMI y todo listo para empezar a funcionar.
De gestionar solo ARC a convertise en el centro indispensable: así han evolucionado los televisores

Como bien sabéis, los televisores al principio de la llegada del cine a nuestras casas (a prinicipios de la década de los 2000) solo se encargaban de gestionar vídeo: el audio pasaba siempre por el cable coaxial u óptico a un AVR (Audio Video Receiver) que se encargaba del sonido. Luego con la llegada del HDMI la cosa evolucionó a manejar el retorno del audio (ARC) y ya hace unos años, a eARC (que también maneja audios HD).
Sin embargo, desde hace un par de años hemos visto como la nueva generación de televisores ha cambiado hacia un control activo. Las marcas ya no quieren limitarse a puentear la señal; ahora sus procesadores identifican los altavoces inalámbricos distribuidos por la sala, coordinan su emisión con los propios altavoces integrados en la pantalla, aplican algoritmos de corrección acústica y redistribuyen los objetos Dolby Atmos en tiempo real a través de la propia interfaz del televisor. Eso en el caso de altavoces activos compatibles con el televisor.
El caso de las barras de sonido: integración total, control con un solo mando y un único cable

La llegada de la era UHD no significó una evolución en el mundo del audio -del hardware- si no que coinicidió con la época social de la inmediatez y rapidez, además de la simplicidad. Poco importa la calidad final del audio: la gente no quiere un AVR por un lado y 11 altavoces por otro con sus decenas de cables, configuración e instalación: de ahí nacieron las barras de sonido, que también han evolucionado notablemente hacia un ecosistema de integración total con la marca del televisor.
Así, tenemos los ejemplos de Samsung y su tecnología Q-Symphony o LG con WoW Orchesta: el televisor es capaz de coordinar de forma inalámbrica hasta cinco dispositivos de audio simultáneos (barras, subwoofers, etc), ajustando el desfase y la ecualización según la ubicación de cada elemento, además de aprovechar los altavoces del televisor junto a los de la barra de sonido y varias opciones más que son únicas si juntas la misma marca de la barra de sonido y del televisor.
Sin embargo, esta revolución tiene una cara B que todo aficionado debe tener muy clara: la dependencia del ecosistema propietario. Si te decantas por esta solución, quedas atado de pies y manos a la marca. Si dentro de dos años quieres añadir un subwoofer o unos altavoces traseros de otro fabricante, el sistema no te lo permitirá, algo que jamás ocurre con un receptor AVR tradicional con conectividad estándar. Además del tema de la calidad de sonido: un buen equipo dedicado sigue siendo superior, aunque es más costoso y difícil de configurar, algo que no coincide demasiado bien con los estándares de nuestra era.




