La llegada de la iluminación láser al mundo de los proyectores ha sido una bendición: muchísimo más brillo, ausencia de pérdida de luz hasta las 20 o 30000 horas, una mejor estabilidad cromática al no necesitar calentarse como ocurre con las lámparas de Xenon, coberturas de color espectaculares que rozan el 100% del espacio BT.2020, etc. Con ella, también llegaron las posibilidades de que el láser se apague completamente en escenas oscuras (contraste infinito) y la de que se manipule su potencia en escenas oscuras para ganar contraste, aunque con un gran pero.
Y es que la modulación agresiva de la luz combinada con algoritmos de compensación digital por software, ha sacado a la luz un efecto secundario que trae de cabeza a los más puristas de la imagen: el llamado el color shifting (o deriva cromática). Si alguna vez has notado que las sombras, las caras de los actores o una escala de grises adquieren un tono verdoso, magenta o azulado justo cuando la escena se vuelve oscura, es justo eso: el color se ve gravemente afectado por la modulación del láser.
El problema (y la bendición) de la atenuación láser: ganamos contraste, pero añadimos problemas de color

Este fenómeno se origina desde el corazón del proyector. Y es que un proyector láser -especialmente en los modelos de triple láser RGB o en sistemas láser-fósforo híbridos- cuando el procesador detecta una caída en el nivel medio de brillo de la imagen (Average Picture Level o APL), si tenemos activado el sistema de modulación láser, éste reducirá la corriente eléctrica que alimenta los diodos láser para dismunir la salida de luz y conseguir un negro más profundo.
El problema radica en que los diodos semiconductores de cada color primario (rojo, verde y azul) no responden de forma idéntica ni lineal a la bajada de voltaje o a la modulación por ancho de pulsos (PWM). Cada banco de láseres tiene un umbral de activación y un comportamiento térmico diferente. Al estrangular la potencia siempre ocurre que uno de los colores caer en intensidad lumínica más rápido que los demás, rompiendo el equilibrio del punto blanco (D65). Y normalmente siempre cae más rápido el verde, que es el que aporta más brillo.
Eso a nivel de color, ya que a nivel de contraste si que ganamos un multiplicador bastante jugoso. Además, la gamma sigue más o menos igual ya que el procesador aplica simultáneamente una manipulación digital de la curva gamma. Si la tabla de color interna (LUT) del proyector no está perfectamente sincronizada con la caída física de luz de cada diodo en milésimas de segundo, podremos notar además del desvío de color, una especie de quemado en los blancos de la imagen, que suele recuperarse al cabo de unos pocos segundos.
¿Se puede eliminar o minimizar en nuestra sala?

Hacer desaparecer por completo el color shifting es prácticamente imposible si se utiliza una modulación dinámica agresiva, ya que es una limitación intrínseca a la física del láser y a la velocidad de respuesta del procesado. No obstante, sí podemos mitigar sus efectos de forma drástica siguiendo varias pautas clave.
Por ejemplo, intenta evitar los sistema de atenuación láser más agresivos (por ejemplo el Modo Alto en los últimos JVC o el modo EBL en Alto en el Valerion. La clave es usar los modos intermedios o en Medio para no abusar: conseguiremos un buen nivel de contraste sin afectar demasiado al color. Además, si vamos a calibrar profesionalmente nuestro proyector, ésta debe realizarse siempre con el sistema de dimming láser en apagado.
Por otro lado, hay un fabricante que ha dado con una clave para solucionar (parcialmente) el problema y es XGIMI. En sus modelos de gama alta como el XGIMI Titan Noir Max o el Aura 3 MAX, el fabricante ha introducido una opción llamada Dynamic Black Level Tunning, que sirve precisamente para eso: podremos ajustar el color en escenas con mucha oscuridad y compensar en cierta manera la imprecisión al usar los sistemas de atenuación del láser.




