El 8K en televisores se ha quedado como esa promesa que sonaba brutal en una presentación… pero en casa no terminaba de tener sentido. Y ojo, que sobre el papel queda precioso: más resolución, más detalle, más “wow”. El problema es que luego llega la realidad, te sientas en el sofá, pones Netflix/Prime/Movistar y… sigues viendo 4K (con suerte) la mayor parte del tiempo.
Y mientras tanto, las teles 8K han arrastrado tres piedras en la mochila: precios altísimos, poquísimo contenido nativo y un marketing de “reescalado mágico” que, a veces, parece más un truco de feria que otra cosa. Encima, para rematar, las mejores teles 4K actuales suelen verse mejor en contraste, procesamiento, HDR y control de luz que muchas 8K que iban “a medio gas”.
Vamos, que no sorprende nada que LG haya dicho “hasta aquí”: la marca abandona el 8K y deja de ofrecer tanto OLED 8K como LCD 8K. Y esto tiene gracia porque, durante bastante tiempo, era de las pocas (y en OLED, prácticamente la única) que seguía empujando el carro.
El 8K OLED de LG era un escaparate brutal… pero el 4K le comía la tostada

LG se metió en el 8K OLED en 2019 con una tele que era puro “mira lo que sé hacer”: la Z9 de 88 pulgadas. Un bicharraco pensado para enseñar músculo, no para llenar los salones de España. Después llegaron renovaciones y, con el tiempo, la cosa se fue afinando: apareció incluso una opción de 77 pulgadas, y la gama fue evolucionando con modelos como Z1, Z2 y Z3.
El tema es que el Z3 ha sido el último mohicano: se mantuvo en el catálogo durante 2024 y 2025, pero se descontinuó a finales de 2025 y no hay sucesora anunciada para 2026. Traducción al castellano del de toda la vida: se acabó el OLED 8K “de escaparate” de LG.
Y aquí va mi opinión, por muy bonito que fuese el invento, hoy un OLED 4K flagship bien hecho es más disfrutable. Más brillo útil, mejor mapeo de tonos, más consistencia en HDR, menos “cosas raras” por el camino… y sin pagar el extra por una resolución que casi nunca vas a exprimir. Es que el 8K OLED era como comprarte un Ferrari para ir a por el pan por un camino lleno de badenes.
El 8K LCD de LG también se apaga… y el mercado se queda tiritando

En LCD, LG arrancó con modelos 8K allá por 2019 y luego intentó ampliar un poco el abanico con opciones más “amables” de precio en 2021. Pero ya se veía venir el recorte: en 2022 la cosa se redujo, en 2023 directamente no hubo gama 8K, y el “final práctico” llegó con un modelo 8K QNED que quedó muy limitado por regiones.
Ese modelo todavía “coleó” un tiempo, pero a estas alturas lo que queda es stock suelto: lo típico de “si lo pillas, lo pillas”, pero sin continuidad real. Y si una marca como LG —que cuando quiere puede hacer ruido de verdad— se baja de ese tren, es porque las ventas no justifican seguir fabricando y moviendo toda esa maquinaria.
Lo más curioso es que esto no ha sido un caso aislado: otras marcas también han ido saliendo del 8K en estos últimos años. Y al final el panorama queda como estaba empezando a oler: el 8K se ha quedado sin masa crítica.
El golpe “tonto” que casi nadie cuenta: el 8K también ha tenido lío con HDMI

Aquí hay un detalle importante y medio escondido: muchas teles 8K no aceptan bien ciertas señales 8K comprimidas por HDMI 2.1. Y eso, en la práctica, es veneno. Porque el usuario no quiere estudiar un manual como si estuviera montando un cohete: quiere conectar consola, PC o reproductor y que funcione.
De hecho, cuando algunas plataformas y dispositivos empezaron a tontear con soporte 8K, salió a la luz un problema gordo: vale, sí, “8K”, pero… ¿entra la señal como toca? ¿a cuántos hercios? ¿con qué compresión? ¿y el televisor qué hace con eso?. Y claro, con el 4K ya asentado, con HDR a saco y con teles cada vez más bestias en brillo y contraste… la gente pasa de complicarse.
Vale, ¿y ahora qué? ¿Está muerto el 8K?
No. El 8K como tecnología no está muerto, pero como producto “para el salón normal” está en ese punto de: “si vuelve, será cuando tenga sentido”. Y para que tenga sentido hacen falta dos cosas muy simples:
- Contenido 8K real (y no cuatro demos contadas).
- Un ecosistema redondo: compatibilidad sin dramas, precios normales y mejoras visibles más allá del numerito.
Mientras eso no pase, lo inteligente —y lo digo tal cual— es mirar una 4K tope de gama y centrarte en lo que sí cambia la película: HDR potente, buen control de la luz (MiniLED serio) o un OLED bien apañado, procesado decente, HDMI 2.1 completo, modos gaming sin chorradas y un sistema Smart TV que no te dé la tarde.
Porque sí, el 8K queda muy fino en la ficha técnica. Pero en el día a día, lo que manda es la imagen que ves, no el numerito que pone la caja.




