Todos los que llevamos un tiempo metidos en el mundo del cine en casa hemos pasado por lo mismo. Compras unos altavoces, estás encantado durante unas semanas y, de repente, empiezas a mirar de reojo al canal central. ¿Se entienden realmente bien los diálogos? ¿Se ha quedado pequeño frente a las columnas? ¿Necesito otro subwoofer? Pues bien, antes de que te quieras dar cuenta, has cambiado medio sistema buscando una mejora que quizá no estaba en los altavoces.
Y es que encontrar el equipo definitivo en estéreo puede parecer relativamente sencillo: dos buenas cajas, un amplificador que las mueva correctamente y poco más. En cine en casa la cosa cambia bastante, ya que podemos tener cinco, siete, once o incluso más altavoces, además de uno o varios subwoofers. Todos ellos tienen que sonar coordinados y crear una escena completamente homogénea. Fácil no es, desde luego.
Además, aquí entran en juego los puntos de corte, la fase, la distancia, la acústica de la habitación, la corrección de sala y hasta el mueble donde hemos colocado el central. Por eso, comprar unos altavoces más caros no garantiza absolutamente nada. Para mejorar de verdad hay tres puntos que debemos clavar: el canal central, la coherencia de todo el conjunto y la capacidad dinámica.
El canal central no puede ser el altavoz barato del sistema

Mucha gente se gasta una fortuna en unas enormes columnas y luego coloca entre ellas un central pequeño, metido dentro de un mueble y casi pegado a la pared. ¿El resultado? En cuanto aparece una escena de acción, los diálogos empiezan a sonar finos, apagados o directamente embarrados.
Y es que el canal central reproduce la inmensa mayoría de las voces, pero también buena parte de los efectos que suceden delante de nosotros. Si ese altavoz empieza a comprimir cuando subimos el volumen, todo el sistema parecerá peor, aunque los canales izquierdo y derecho sean espectaculares.
También debemos cuidar mucho su colocación. Lo ideal es situarlo en el borde delantero del mueble, evitando que quede encajonado, y orientarlo directamente hacia nuestros oídos. Además, debería pertenecer a la misma serie que los altavoces frontales, ya que así compartirá una firma sonora similar y las voces no cambiarán de carácter al moverse por la pantalla.
El sonido debe moverse sin que notes qué altavoz está funcionando
Imagina que un coche atraviesa la pantalla de izquierda a derecha. El sonido comienza en una columna, pasa por el canal central y termina en la otra. Si cada altavoz tiene una tonalidad diferente, el ruido del motor cambiará durante el recorrido. Vamos, que notaremos perfectamente el salto de un altavoz al siguiente.
Por eso, lo ideal sería utilizar tres cajas idénticas en la zona frontal, algo bastante habitual en salas dedicadas con pantallas acústicamente transparentes. En un salón convencional no siempre es posible, pero usar los tres modelos de la misma gama suele ofrecer una coherencia excelente.

Con los surrounds y los altavoces de techo tenemos algo más de libertad, aunque tampoco debemos mezclar cajas completamente distintas sin ningún criterio. Dolby Atmos y DTS buscan crear una burbuja tridimensional alrededor del espectador, por lo que todos los canales deben integrarse sin llamar la atención por separado.
¿Tienes un salón pequeño o no quieres llenar la habitación de enormes cajas negras? No pasa nada. Podemos utilizar altavoces de pared, empotrables o pequeños monitores acompañados de uno o dos subwoofers. Lo importante es que estén bien colocados y que puedan alcanzar el volumen necesario sin empezar a sufrir.
Un buen altavoz debe rendir igual de bien cuando susurran y cuando explota todo

Las películas son extremadamente dinámicas. En una escena apenas escuchamos una conversación y, un segundo después, aparece una explosión, un disparo o un enorme alien corriendo por la habitación. Si las cajas empiezan a comprimir o distorsionar, el sonido se vuelve duro, fatigante y pierde por completo el impacto.
Eso sí, no hace falta escuchar siempre a nivel de referencia. El sistema debe mantener el control al volumen que utilicemos normalmente, ya sea muy alto o bastante bajo. De hecho, un buen altavoz también tiene que conservar el detalle cuando vemos una película por la noche y no podemos despertar a toda la casa.
Aquí los subwoofers juegan un papel fundamental. Configurar correctamente los cortes, por ejemplo alrededor de 80 Hz, permite descargar a los altavoces principales de las frecuencias más exigentes. Así trabajarán con menos esfuerzo y distorsión. Pero cuidado, porque un subwoofer caro y mal colocado puede sonar peor que uno modesto bien integrado.
Las mediciones son útiles, pero tu salón manda
Herramientas como REW, Dirac Live, Audyssey, ARC Genesis o Trinnov Optimizer nos ofrecen más información que nunca. El problema aparece cuando compramos unos altavoces únicamente porque tienen unas mediciones perfectas y pensamos que van a sonar exactamente igual en nuestra casa.

Pues bien, no tiene por qué ser así. Una caja que mide de maravilla en una cámara anecoica puede terminar sonando brillante o fatigante en un salón con suelo duro, grandes ventanales y paredes completamente desnudas. Las mediciones son un punto de partida, no una garantía de que el sonido nos vaya a gustar.
Con los graves ocurre exactamente lo mismo. Podemos instalar dos subwoofers enormes, pero si están situados en posiciones problemáticas y no ajustamos bien la fase, el retardo y el nivel, el resultado será un grave retumbón, lento o prácticamente inexistente en algunos asientos.
Por eso, siempre que sea posible, lo ideal es probar los altavoces en nuestra propia sala. Lo que escuchamos en una tienda o en casa de otra persona puede cambiar por completo al llegar a nuestro salón. Sabremos que hemos acertado cuando pongamos una película y dejemos de pensar en el central, los surrounds o el subwoofer. El verdadero sistema definitivo es aquel que desaparece y consigue que solo prestemos atención a la película.




