Comprar una PS5 a estas alturas sigue siendo una decisión importante. No ya solo por el precio, que no es precisamente una broma, sino porque mucha gente sigue teniendo una PS4 perfectamente funcional en casa. Y claro, mientras siga tirando con tus juegos, tus partidas y tus ratos de vicio, lo normal es pensar eso de “bueno, ya cambiaré más adelante”. El problema es que con los años hay algo que empieza a pesar más de la cuenta: la velocidad.
La PS4 sigue cumpliendo, sí, pero hay momentos en los que ya va pidiendo un respiro. Lo notas cuando un juego tarda más de la cuenta en arrancar, cuando te paseas por los menús y todo va con esa pequeña pereza que desespera más de lo que parece, o cuando una instalación se hace larguísima sin necesidad. No está muerta ni mucho menos, pero sí da esa sensación de ir ya algo justa, como si necesitara soltar lastre para volver a moverse con un poco más de alegría.
Y aquí es donde entra una mejora que no cuesta un dineral, no requiere ser ingeniero y que puede darle una segunda juventud bastante seria: cambiar el disco duro mecánico por un SSD. Es, seguramente, una de las actualizaciones más agradecidas que se le pueden hacer hoy a una PS4. No te va a convertir la consola en una PS5, eso sería vender humo, pero sí puede hacer que la experiencia diaria cambie una barbaridad.
El verdadero cuello de botella de la PS4 no era el procesador, era el disco duro

Durante años muchos hemos pensado que la PS4 iba lenta en ciertas cosas simplemente porque ya le tocaba. Que si la consola tiene años, que si los juegos ahora pesan una barbaridad, que si ya no está para muchos trotes… y algo de verdad hay en eso, claro. Pero el gran freno muchas veces no está donde la gente cree, sino en el disco duro mecánico que lleva dentro, que a estas alturas ya juega en otra liga bastante más lenta.
Porque sí, ese disco cumple y te saca del apuro, pero comparado con un SSD va con el freno de mano echado. Al cambiarlo no vas a tener mejores gráficos ni más potencia, eso está claro, pero sí vas a notar algo muy agradecido desde el primer día: la consola se siente bastante más suelta.
Lo bueno es que además no hace falta gastarse una fortuna. No necesitas un SSD carísimo ni el modelo más bestia del mercado. Con uno sencillo, de 2,5 pulgadas y formato SATA, ya puedes hacer el cambio sin complicarte la vida. Y eso es precisamente lo bonito del asunto: es una mejora bastante terrenal, bastante lógica y, sobre todo, muy agradecida.
Antes de cambiar nada, toca guardar tus partidas y dejarlo todo bien atado

Eso sí, aquí no vale ir a lo loco con el destornillador en la mano y el SSD recién sacado de la caja. El nuevo disco estará vacío, así que lo primero que hay que hacer es una copia de seguridad de todo lo importante. Y cuando digo importante, hablo sobre todo de tus partidas guardadas, tus ajustes y cualquier dato que no quieras perder por el camino.
Desde la propia consola se puede hacer bastante fácil. Basta con conectar una memoria USB, ir a los ajustes, entrar en sistema y buscar la opción de copia de seguridad y restauración. Ahí podrás guardar tus datos. Lo mínimo, mínimo, son las partidas guardadas, aunque también puedes respaldar más cosas. Los juegos, eso sí, normalmente tocará volver a instalarlos después, porque ocupan una barbaridad y no compensa complicarse más de la cuenta.
Si además tienes PlayStation Plus, mejor todavía, porque puedes tirar de la nube para guardar partidas. Y hay otro detalle que conviene no dejar pasar: sincronizar los trofeos antes de meterte en harina. Parece una tontería, pero luego vienen los disgustos tontos. Una vez esté todo respaldado, ya sí: apagas la consola del todo, desenchufas y te preparas para el cambio.
Cambiar el disco duro por el SSD es bastante más fácil de lo que parece
A muchos les echa para atrás esta parte porque en su cabeza ya se imaginan desmontando la consola entera, perdiendo tornillos y acabando con cara de “a ver ahora quién monta esto”. Pero la realidad es bastante menos aparatosa. En una PS4, cambiar el disco no suele ser un follón serio. En casi todos los modelos la cosa va más o menos igual: abres la zona donde va el disco, sacas la bandeja, quitas uno, pones el otro y listo.
Lo único que sí conviene tener claro desde el principio es qué tipo de unidad necesitas. La PS4 usa un SSD SATA de 2,5 pulgadas, no los M.2 pequeñitos que hoy vemos hasta en la sopa en ordenadores y en la propia PS5. Teniendo eso controlado, el resto no tiene mucha ciencia. Un destornillador normal, un poco de calma y no apretar como si estuvieras montando un mueble del salón.
Eso sí, tampoco conviene vender la moto. Ponerle un SSD no convierte la PS4 en una consola nueva ni hace magia, pero sí le quita de encima una de las cosas que más la frenan. No vas a tener mejores gráficos, ni más potencia bruta, ni un salto loco en rendimiento. Lo que sí vas a notar es una consola más ágil en el uso diario, con menos esperas y con una sensación bastante más agradable. Y eso, cuando llevas años con ella, se agradece una barbaridad.
Después toca reinstalar el sistema y devolver la consola a la vida

Una vez colocado el SSD, todavía no has terminado. Como el nuevo disco está limpio, hay que reinstalar el sistema operativo de PS4 desde cero. Y sí, esta es la parte más pesada del proceso, pero tampoco tiene demasiado misterio si sigues los pasos con calma.
Necesitarás otra memoria USB y un ordenador para descargar el archivo completo de reinstalación del sistema desde la página oficial de Sony. Ojo con esto, porque no vale cualquier archivo: tiene que ser el de reinstalación completo. Luego hay que meterlo en la memoria USB con la estructura de carpetas correcta para que la consola lo reconozca. Es un paso un poco tiquismiquis, pero es importante hacerlo bien.
Después arrancas la consola en modo seguro, conectas la memoria y eliges la opción de reinstalar el software del sistema. A partir de ahí, la PS4 hará su trabajo y arrancará como si acabara de salir de la caja. Luego solo queda iniciar sesión, restaurar tu copia de seguridad y volver a instalar los juegos. Y cuando todo está otra vez en su sitio, es justo ahí cuando mucha gente piensa eso de: “pues sí que merecía la pena, y bastante”.
Porque al final esta mejora tiene algo muy bonito: no cuesta demasiado, no exige ser un manitas y puede alargar bastante la vida útil de una consola que todavía tiene mucho que decir. Si sigues jugando en PS4 y notas que ya va algo cansada, meterle un SSD no es una ocurrencia rara. Es, seguramente, una de las decisiones más inteligentes que puedes tomar antes de plantearte dar el salto a una consola nueva.




