Llevamos años utilizando los términos 4K y Ultra HD como si fueran exactamente lo mismo y, en buena parte, la culpa la tienen las propias marcas. Prácticamente cualquier televisor que encontramos hoy en una tienda lleva algún logotipo de 4K Ultra HD en la caja, independientemente de que cueste 300 euros o varios miles.
Pues bien, aunque solemos meterlo todo dentro del mismo saco, la realidad es que el 4K es únicamente una de las seis tecnologías que forman el Ultra HD. La resolución nos confirma que el televisor tiene 3840 x 2160 píxeles, pero no nos dice absolutamente nada de cómo reproduce el brillo, los negros, los colores, el movimiento o incluso el sonido.
Y es que dos televisores pueden ser 4K y ofrecer una calidad de imagen totalmente diferente. Uno puede limitarse a cumplir con la resolución, mientras que el otro añade HDR real, una gama de color más amplia, un panel de 10 bits, imágenes a 120 Hz y sonido tridimensional. Ahí es donde empieza a entenderse qué significa realmente el Ultra HD.
La resolución 4K es solo el primer paso

Como seguramente ya sabréis, un televisor 4K cuenta con una resolución de 3840 x 2160 píxeles, frente a los 1920 x 1080 píxeles de un modelo Full HD. En números totales pasamos de unos dos millones de píxeles a más de ocho millones, por lo que la imagen puede mostrar muchos más detalles, especialmente cuando hablamos de televisores de gran tamaño.
Dentro del estándar Ultra HD también encontramos la resolución 8K, que sube hasta los 7680 x 4320 píxeles. Sin embargo, tener más resolución no significa automáticamente tener mejor imagen. Una tele puede ser 4K y tener negros grisáceos, poco brillo, colores apagados o un movimiento bastante pobre. En resumen, la resolución indica la cantidad de píxeles, pero no la calidad de esos píxeles.
El HDR es el encargado de mejorar las luces y las sombras
El siguiente pilar es el HDR o alto rango dinámico, una tecnología que busca ampliar la diferencia entre las zonas más oscuras y las más luminosas de la imagen. Gracias a ello podemos ver destellos, reflejos, explosiones o luces mucho más intensas, manteniendo al mismo tiempo una buena cantidad de detalle en las sombras.
Aquí aparecen formatos como HDR10, Dolby Vision, HDR10+ y HLG. HDR10 es el estándar básico y el más extendido, mientras que Dolby Vision y HDR10+ pueden utilizar metadatos dinámicos para ajustar la imagen en cada escena. Por su parte, HLG se utiliza principalmente en emisiones de televisión.
Eso sí, aquí tenemos uno de los mayores engaños de la industria. Que un televisor sea compatible con HDR no significa que pueda mostrarlo bien. Para conseguirlo necesita un buen nivel de brillo, negros profundos y un sistema de iluminación competente. Por eso hay televisores económicos que aceptan una señal HDR, pero cuya imagen apenas cambia respecto a un contenido SDR convencional.
Los colores también tienen que ser más amplios y precisos

La tercera tecnología es la gama de color ampliada o Wide Color Gamut. Los contenidos Full HD tradicionales suelen utilizar el espacio de color Rec.709, mientras que el Ultra HD trabaja dentro de un contenedor mucho más grande conocido como BT.2020 o Rec.2020.
En la práctica, los televisores actuales todavía no cubren por completo ese enorme espacio de color, por lo que normalmente se utiliza como referencia el DCI-P3 empleado en cine digital. Cuanto mayor sea la cobertura, más tonalidades podrá reproducir el televisor, especialmente en rojos, verdes y azules muy intensos.
Junto a ello tenemos la profundidad de color, que es el cuarto pilar. Una señal de 8 bits puede mostrar unos 16,7 millones de colores, mientras que una señal de 10 bits supera los 1.000 millones de combinaciones. Esta diferencia es especialmente visible en cielos, niebla, sombras o degradados, donde un panel limitado puede mostrar bandas o escalones de color, el conocido banding.
Los 100 y 120 Hz hacen que el movimiento sea mucho más fluido
Otro elemento importante dentro del Ultra HD es el HFR o alta frecuencia de imagen. Mientras que buena parte del contenido tradicional se mueve entre los 24, 25, 30, 50 o 60 fotogramas por segundo, este sistema permite llegar a 100 o 120 imágenes por segundo.
Actualmente, donde más se aprovecha es en videojuegos. Las consolas y los ordenadores más modernos pueden enviar una señal 4K a 120 Hz, consiguiendo movimientos mucho más fluidos, una respuesta más rápida y una imagen más definida cuando la cámara se mueve a gran velocidad.
También sería especialmente útil en retransmisiones deportivas, aunque las emisiones a 100 o 120 fps siguen siendo bastante escasas. En el cine ocurre algo parecido, ya que los 24 fotogramas por segundo continúan siendo el estándar, por lo que las películas grabadas en HFR siguen siendo una excepción.
El sonido tridimensional es la última pieza del Ultra HD

Y llegamos al sexto pilar, que curiosamente no tiene nada que ver con la imagen. El Ultra HD también contempla formatos de audio de nueva generación como Dolby Atmos, DTS y MPEG-H, diseñados para crear un espacio sonoro más envolvente y preciso.
En lugar de limitarse únicamente a enviar el sonido a unos canales fijos, estos formatos pueden tratar determinados efectos como objetos y colocarlos alrededor o por encima del espectador. Después, el receptor AV, la barra de sonido o incluso el propio televisor adapta esa información al sistema que tengamos instalado.
Por tanto, cuando hablamos de auténtico Ultra HD estamos hablando de resolución 4K u 8K, HDR, una gama de color ampliada, profundidad de 10 bits, imágenes a 100 o 120 Hz y sonido tridimensional. El 4K es la parte más conocida y fácil de vender, pero en realidad es únicamente la primera pieza de todo el conjunto.




